Por su atenores

EL AGUA, EL BARRO Y LA PIEDRA

Arquitectura popular relacionada con el agua.

Un pilar es un abrevadero, ‘una fuente con caño que desagua en un pilón o receptáculo rectangular’. Su función era suministrar agua al ganado y a las bestias de labranza que bebían directamente en el pilón y a las personas que lo hacían en el chorro que salía del caño o acudían con cántaros para el abastecimiento de la casa. Tengo que ir a por una carga de agua al pilar de Arriba. El Diccionario de AUTORIDADES define pilar como ‘la pila grande de piedra que se construye en las fuentes, para que, cayendo el agua en ella, sirva para que beba el ganado, lavar y otros usos; frecuentemente se llama pilón’. Un derivado de pila que es el ‘recipiente de piedra para echar agua’. Son numerosos los pilares de localidad cada uno con su propio nombre: Manceñía, Zafra, los Mellizos o de la Luná, la Fuente de la Casa, los Cañitos, Pozo de Beber, Nuevo, de Arriba, de Abajo, San José, Pilarito…

Pilar de la Fuente de la Casa (La Voz de Feria)

Los viejos del lugar conservan en la memoria aquellos tiempos en que, después de prolongados estiajes, las hileras de cántaros esperaban su turno para ser llenados con el líquido elemento. La carrefilera partían del grifo y se prolongaban por las esquinas y calles próximas; muchos de estos recipientes no llegaban sanos a su destino, de acuerdo con el refrán: Tanto va el cántaro a la fuente que al final se quiebra. Esto era un quehacer propio de mujeres, las cuales se arremolinaban en torno a la céntrica fuente en la confluencia de las calle de Albarracín y Mesones; la algarabía se oía en todo el pueblo.

Por la siesta, a los zagales nos aparejaban la burra con la albarda y las aguaeras y nos mandaban a por una carga de agua a alguno de los pilares que hay en los lejíos o salidas del pueblo donde abrevaban las bestias y el ganado al empezar o terminar la jornada por la mañana camino del campo y al atardecer de regreso a casa. También había personas dedicadas a este menester que se dedicaban por encargo al acarreo del necesario y escaso líquido para abastecimiento de las casas. Eran los aguaores a cambio de un pago estipulado. Las mujeres lavaban la ropa en el cucharro con el agua del pozo del corral. Algunas acudían a uno de los lavaeros del contorno como la Sesmería, el huerto las Guindas o el huerto Lobo. El aguador se conoció otrora como azacán; hermosa palabra (del árabe as-saqqá ‘el aguador’) que aún pervive entre nosotros en la expresión Estar echa una zacana, que con seguridad hemos oído alguna vez, cuando de niños no sabíamos reconocer los desvelos de nuestras madres: Que estoy hecha una zacana to el día pa que tú seas un méndigo. Lo cierto es que el agua potable no faltaba en la tinaja, los cántaros y el barril que disponían de un sitio exclusivo en el hogar como era la cantaera.

Cantarera con cántaros (La Voz de Feria)

Además de los pilares, son numerosas las construcciones rurales de nuestro entorno natural destinadas a proveer de agua a personas y animales, para el riego de la huerta, la molienda, encauzar y salvar corrientes de agua, como regatos y riveras, que han llegado hasta nosotros. Todas ellas tan necesarias y cuidadas antaño como abandonadas y maltratadas hogaño, pese a los servicios prestados, por los actuales habitantes de Feria. Si las piedras hablaran… Una arquitectura popular, humilde, perfectamente integrada en el paisaje local porque emplean los recursos y materiales propios del entorno sin artificio alguno que desentone.

Nombremos además de los pilares (cada cual con su nombre preciso y evocador) los pozos, fuentes, lavaderos, pilas, norias, molinos, acequias, represas, puentes. albercas, depósitos, aljibes… diseminados por nuestros campos y, por supuesto, la Albuhera, declarada recientemente monumento de interés cultural. La Albuhera y su entorno era dominio de Aniceto (el de la Albuhera) celoso guardián, que ni en los días mas justicieros de la canícula permitía que nadie se bañara par aliviar la agobiante calorina. Los pescaores de caña se apostaban en la orilla con su costera a la espera de que picara alguna tenca, ese modesto pez de agua dulce que nos parecía una exquisitez, así como las ancas de ranas, en una época época en que nos abastecíamos con lo que proporcionaba la propia tierra (o el agua). Sí; las piedras hablan, pero con palabras que pocos parecen escuchar.

Los vecinos más veteranos recordarán las albercas de las diversas huertas que proliferaban en el término municipal para abastecer de productos hortícolas a la familia y vender los excedentes en la plaza transportados en los cestos cargueros a lomos de una caballería. La alberca se llenaba recogiendo con una cuba el agua de un pozo atada a un artilugio conocido como grullo. De la alberca el agua era conducida mediante una acequia a los diferentes canteros sabiamente distribuida por el hortelano provisto de un escardillo para tal menester. Pepinos, tomates, calabacines, pimientos, lechugas… llegaban directamente de la huerta a la mesa conservando el sabor, el olor, el color y el tacto característico de cada hortaliza y todas propiedades que se percibían claramente por los cinco sentidos. Y mientras el aire seco de la flama avivaba el chirrido de las chicharras, buscábamos alivio en las aguas de una charca o alberca, que se alborotaban con los chapuzones y chapoteos de la chiquillería. A falta de ella nos quedaba intentarlo en algún charco de un regato o de la Rivera como el charco Manantío, el charco del Chorro o el del puente los Diez Ojos.

El agua, ese bien tan escaso para abastecer a una población de casi cinco mil habitantes, que aunque mermada hoy en día, manifestó su interés y aprecio por este imprescindible elemento como atestigua la variedad de estructuras relacionadas con ella, sea para su captación, conducción, almacenamiento y uso como fuerza motriz, o aprovechamiento doméstico, agrícola y ganadero. Una fascinación que se aprecia en la riqueza de su rico vocabulario relacionado con el agua: el venero, los atenores, el pozo de beber, el grifo, la madre del agua, la albuhera, la rivera, los regatos, el molinito, el pilar de la fuente de la casa, el cubo de la canal, el aguaducho, la pocita, la mojona.

A propósito de esta última, reproducimos un artículo publicado por don Juan Martínez en la revista Hermandad del año 1984, el que alude también de pasada al agua, su cultura, tradición y aprovechamiento en nuestra localidad.

La Voz de Feria

Puente y pilar de Arriba (La Voz de Feria)

LA FUENTE DE LA MOJONA

Me gustan los topónimos coritos y por serlo yo, me resultan entrañables. Con frecuencia son muy descriptivos: Cañitos, Pilarito, Arroíto, Alberquita, Fontanilla… Todos los citados hacen referencia al agua de manantío que hay en nuestro término de pobre manto acuífero y de hontanar escaso; recordamos los mayores las colas de mujeres con cántaros alrededor del Grifo en los meses estivales, cuando el pozo del corral estaba exhausto o apuradas las reservas almacenadas en el de canales.

Sin embargo algunos topónimos relativos al agua indican desprecio, por ejemplo Los Pozuecos y ¿qué decir de la Mojona? Cualquier vecino al oír este nombre hace ascos; yo le diría, paisano, no se tape la nariz, que el agua de esa fuente no es fétida. Su nombre no es el femenino del que está Vd. pensando. Mojona quiere decir simplemente que moja.

Hay un verbo castellano “mojar” cuyo significado no precisa explicación; todas las aguas mojan, pues esa es la primera propiedad del agua. Todas las fuentes mojan al que pone su mano para beber, al cántaro o vasija en que se transporta, incluso se moja el brazo cuando el agua está a bajo nivel para sacarla, todas las fuentes son más o menos mojonas como el Peón o Borrego, Pero a esta ¿por qué la hemos despreciado? Su emplazamiento no era atractivo; a su lado había un arroyuelo de aguas contaminadas hoy encauzado y subterráneo, con su barro pisoteado por los animales domésticos que estando muy cerca de la fuente prevenía al usuario a no beneficiarse de sus aguas, el bajo nivel cívico de entonces permitía arrojar inmundicias  y basuras a su lado, otras veces el descuido abandonaba dentro de la fuente tiestos o latas escapadas de las manos al proveerse del agua… todos estos factores coadyuvaron al desafecto del pueblo por esta fuente.

Caminando un día por sus aledaños y buscándola, no la encontré, estaba tapiada, emparedada, había desaparecido de la vista.

Saquemos de su prisión a La Mojona, que se agradece que nos moje. Abogo por su rescate; no la tengamos secuestrada, aunque haya abundante agua del grifo, la de la fuente es de venero. Hoy día urbanizado su entorno, canalizado el arroyuelo, pavimentado el suelo y educado el vecindario, no tendría que llorar la Ninfa por su fuente, seguiría mojando la fuente, como todas las fuentes mojan y nadie se ruborizaría de pronunciar su nombre: “La Mojona”; porque hasta los niños de E.G.B. saben distinguir los morfemas aumentativos: mojona viene de mojar, como llorona de llorar, o mandona de mandar.

Juan Martínez

Pozo del huerto Lobo (La Voz de Feria)

VER ÁLBUM DE FROTOS:

Pilar de los Cañitos (La Voz de Feria)

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