La escuela a mediados del siglo pasado

TESTIMONIO DE UN ALUMNO: LA ESCUELA DE LOS AÑOS 50 EN FERIA

NOTA PREVIA: Este texto es es el resultado de las respuestas al cuestionario que me formuló una estudiante de Magisterio de Feria con objeto de recabar datos de primera mano para el estudio e investigación del pasado educativo reciente a través de la memoria oral de sus participantes. Teniendo en cuenta la extensión del texto, se publicará por capítulos (J.J.B.L.)
Fotografías: Del grupo LA VOZ DE FERIA. Nuestro agradecimiento a los que han cedido sus fotos para este trabajo así como a los que quieran aportar otras relacionadas con el asunto tratado. Gracias.)
Material escolar: Libreta, pizarra y plumier. (Foto jjferia)

1.- Imagen de la infancia

1, ¿Qué recuerdos tiene de su infancia? Descríbalos tan fielmente como le sea posible. 2. ¿Podría darnos una descripción de la vestimenta que normalmente utilizaban los niños/as? ¿Había distinción entre la ropa de unos niños y otros? Si es así, ¿cuál era? 3. ¿Usó usted uniformes en los colegios? ¿Cómo eran?

 

Son tantos y tan buenos los recuerdos que sería imposible referirlos con detalle. Comparado con estos tiempos, aquellos eran más elementales, sencillos y austeros. En general, disponíamos de menos cosas materiales, solo lo estrictamente necesario. Vivíamos sin lujos ni cosas superfluas. Una de estas cosas superfluas eran los libros. Nos alimentábamos con lo que daba la tierra, apenas se compraba alguna cosa. Nosotros mismos hacíamos los juguetes, y si los comprábamos, eran muy simples y modestos: bolindres, repiones, aro, etc. nada de los sofisticados juguetes de hoy en día. Los juegos eran colectivos, se necesitaba la interacción con otros niños, el movimiento continuo y el ejercicio físico. Correr, saltar, empujar, gatear, reptar… Habitualmente acompañado de la palabra y el lenguaje como retahílas, canciones, versos, adivinanzas… siempre al aire libre, sin parar, con sus reglas, sus penalizaciones y sus triunfos. No había coches y solo teníamos que tener cuidado con el ganado al transitar la calle. Animales que muchas veces pasaban a formar parte de nuestros juegos.

Era un entorno rural. La mayoría de las personas se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, así que apenas había diferencia entre unos niños y otros; al menos entre nosotros. La vestimenta era la estrictamente necesaria para cada estación; si se rompía se remendaba o se volvía a coser. Además de la ropa de diario, teníamos otra de reserva, más nueva y limpia, para los domingos y días de fiesta (disantos). Y así todos los niños sin apenas distinción ni diferencias notables. Algunos con la ropa más gastada y remendada y otros más limpia y nueva, que generalmente se confeccionaba en casa por nuestras madres y abuelas. No éramos esclavos de la moda, ya que las prendas se sustituían cuando resultaban inservibles.

La vestimenta de las niñas y niños eran muy diferentes: calzones o pantalones cortos con tirantes para ellos, faldas para ellas. Sería impensable intercambiarlas o conjuntos unisex. Los niños no usamos nunca uniformes, en la escuela teníamos la ropa habitual. Las niñas del colegio sí que usaban uniforme, ellas estaban en otra aula muy separadas de los niños.

La abuela con sus nietos (Foto de Francisco Felipe)

2.- Contexto y relaciones

4. ¿Cuántos miembros componían su familia? 5. ¿Qué lugar ocupaba entre los hermanos? 6. ¿Qué estudios tenían sus padres y en qué trabajaban? 7. ¿Dónde vivía en la época en que realizó sus estudios?  8. ¿Hablaban sus padres con su maestro/a para ver cuál era su marcha en la escuela?  9. ¿Les importaba a sus padres que faltase algunos días a la escuela?  10. ¿Cómo era su relación con los padres y hermanos?  11. ¿Tenían sus padres interés y preocupación por su educación? ¿Cómo se lo manifestaban?  12. ¿Visitó en alguna ocasión alguna autoridad el colegio, como puede ser el alcalde, los inspectores de educación o algún otro personaje destacado? ¿Qué hacían? 

 

Las familias eran entonces mucho más numerosas. Nosotros solo éramos cuatro hermanos (tres chicos y una chica), pero era normal que pasaran de cinco los hermanos y en algunos casos, aunque los menos, llegaban a diez o doce. En los primeros años vivíamos en casa de los abuelos por lo que convivíamos tres generaciones; pero cuando se casó mi tía, mis padres se trasladaron a otra casa donde pasamos el resto de la infancia. Yo ocupaba el segundo lugar entre los hermanos, así que a menudo tenía que heredar su ropa, libros y juguetes. Desgraciadamente, mi hermano mayor murió cuando yo tenía nueve años, así que pasé a ocupar su lugar. En consecuencia, estaba predestinado a trabajar en el campo al dejar la escuela para ayudar a mi padre, que era labrador. Mi madre se dedicaba a las labores domésticas, como casi todas las madres en aquella época y en este lugar. Sus estudios era muy elementales: Leer, escribir y las cuatro reglas (como se decía entonces).

Vivíamos en el pueblo donde nacimos. El mismo en que nacieron mis padres, mis abuelos y los padres de mis abuelos… Por entonces, antes del éxodo rural hacia las ciudades industriales, éramos cerca de 5.000 habitantes, con muchos niños. Por ejemplo los niños nacidos el mismo año que yo pasábamos del centenar, por eso había niños de sobra por todas partes para jugar y numerosas pandillas. Pero después comenzó la emigración hasta quedar en poco más del millar de habitantes. Había escuelas públicas gratuitas donde daban clase los maestros nacionales de la posguerra. También había un colegio de monjas con clases para niños, niñas y parvulitos. Aunque era una escuela privada no era nada elitista sino que daban clase casi por caridad, pues solo se aportaba una pequeña cantidad de dinero. Algunas de estas monjas, aunque no tenían estudios pedagógicos, eran las maestras: una para los parvulitos, otra para las niñas y otra para los niños. Yo siempre fui a este colegio.

Por supuesto que no había ni se conocía la Asociación de Padres ni reuniones con los maestros. Ni mis padres fueron nunca al colegio a hablar con las monjas. Posiblemente tendrían algún encuentro esporádico que no recuerdo. Tampoco recuerdo a mi madre, y menos a mi padre, que me acompañara a clase o que me esperara a la salida para llevarme a casa. Desde muy pequeño aprendí a ir solo a la escuela o con otros compañeros que encontraba por el camino.

Eso sí, la asistencia a clase era obligatoria. Era normal que muchos niños faltasen a clase porque tenía que ayudar a sus padres o porque estos no se preocupaban demasiado y hacía la vista gorda. Pero mis padres me inculcaron que la escuela era un deber ineludible. Eso lo aprendí muy pronto desde el día que se me ocurrió escaparme (eso decíamos por hacer pellas o novillos) de la escuela e irme con un amigo a pájaros o grillos. Cuando se enteraron, el escarmiento fue contundente. Ya no volvía a faltar si su permiso.

En casa el ambiente familiar era bueno, sin lujos y sin problemas especiales entre los hermanos y entre estos y los padres. Era una familia tradicional: el padre se ocupaba de trabajar en el campo para alimentar la familia y la madre de las labores domésticas y por lo tanto del cuidado de la prole. Y aunque el nivel cultural no era muy alto, consideraban que la educación y la cultura era un valor a tener en cuenta y se preocuparon para que sus hijos adquirieran un cierto nivel cultural. Por lo que a mí se refiere,  no solían ir al colegio para interesarse por la marcha de mis estudios. Quizá porque esta era satisfactoria y no presentaba problemas dignos de consideración. Creo que también debían confiar en las personas encargadas de impartir las clases a las que consideraban más preparados para este menester.

Tampoco solían aparecer por clase otras personas o autoridades relacionadas con la educación. Como era un colegio de religiosas, el párroco solía ir algunas veces y nos formulaba alguna pregunta de asunto religioso con motivo de alguna festividad. Un día a la semana teníamos que ir a la iglesia para la catequesis. Los domingos íbamos también al colegio y desde allí marchamos en fila con las monjas a la iglesia para asistir a misa. También nos visitó algunas veces algún misionero que nos hablaba de las misiones y nos preguntaba si algunos de nosotros quería ser misionero. Recuerdo que yo siempre levantaba la mano.

Foto escolar de los hermanos Antonio y Juan José Becerra

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