Cinco hojas de higuera

Trae por armas, en campo de oro cinco hojas de higuera de sinople, puestas en sotuer. (Sobre fondo amarillo, cinco hojas de higuera verdes colocadas en aspa).

Se trata del escudo de armas del linaje de los Figueroas, que tras campar a sus anchas por estos parajes, fue adoptado de hecho, y así se viene considerando tradicionalmente, como emblema heráldico de la Villa de Feria. Y como tal aparece en el diccionario de Madoz: «Esta villa hace por armas, en escudo dorado, 5 hojas verdes de higuera».

Tras su origen, el rastro nos conduce hasta una época tan remota y oscura como la Alta Edad Media, por lo que ya la hiedra de la leyenda ha cubierto las ruinas de la historia; allá entre la niebla misteriosa de una tierra, la gallega, donde los límites entre lo real y lo mágico son tan imprecisos. Y adonde vamos a trasladarnos a renglón seguido.

Concretamente a una aldea del concejo de Abegondo, a tiro de piedra de Betanzos. Asiento de las posesiones de una familia de rancio abolengo, cuya presencia se halla atestiguada por la torre blasonada que se levanta entre las suaves y verdes colinas de este lugar cuyo nombre nos sonará al menos: Figueroa.

Solar y cuna de este antiquísimo linaje, que los viejos genealogistas hacen remontar a la monarquía visigoda. Con el avance de la Reconquista pasarán a León y a Castilla hasta que ya, en el ocaso de la Edad Media, Lorenzo Suárez de Figueroa (Señor de la Torre de Montuerque, y de la Casa de Figueroa , Comendador mayor de León de la Orden de Santiago, para la que se vio elegido Maestre en 1387; y uno de los gobernantes del reino, como miembro del Consejo de Regencia durante la minoridad del Trastámara Enrique III) Consigue de este monarca, y para su primogénito, el Señorío, después Condado y, a partir de 1576 Ducado de Feria, etc. etc.

Pero esto sucedió ayer mismo, como quien dice, y a partir de aquí el camino se allana y despeja, siendo de sobra conocido y transitado.

Regresemos, por tanto, al Pazo de los Figueroas, en cuyo portalón de entrada nos topamos de golpe y porrazo con el blasón de las cinco hojas de higuera. Y desde aquí viajar, a través del tiempo, hasta los albores del Medievo, retrocediendo la friolera de 1212 años.

Preparados, listos…, ya.

Nos hallamos en el año 784. La brava España ha doblado la cerviz bajo el yugo del Islam: Los musulmanes son ahora los dueños y señores de toda la Península. Apenas un puñado de cristianos ha logrado refugiarse entre las escabrosas montañas del norte donde habitan los indómitos cántabros y astures. Con ayuda de éstos, y luego de varias escaramuzas, han conseguido ahuyentar a los invasores, resistiendo ferozmente en la cornisa, una estrecha faja de tierra de alocada orografía, que ya se desparrama por la marina gallega.

El reyezuelo de este embrión de reino es a la sazón un tal Mauregato (El hijo de la mora cautiva o maurae capto). «Un bastardo —según oímos comentar en voz baja— concebido noramala en el vientre de una sierva, que ha usurpado el trono con ayuda de los sarracenos, tras rivalizar con los partidarios del legítimo sucesor».

En consecuencia, no sólo suspende las hostilidades contra los invasores, sino que se declara su vasallo obligándose al pago de un tributo anual en señal de sumisión y dependencia. Tributo que consiste, entre otras gabelas, en la entrega de cien doncellas cristianas —cincuenta nobles y cincuenta de la plebe— para engrosar y renovar los harenes de los caudillos y gerifaltes árabes.

Desde nuestra privilegiada atalaya, asistimos estupefactos e impotentes a un lamentable espectáculo: Las gentes del rey, después de arrancarlas por la fuerza de sus hogares, conducen a las doncellas a una fortaleza que hay cerca del desembarcadero de Betanzos, donde serán recogidas por los moros para trasladarlas en sus galeras hasta al-Andalus. Deshechas en llanto las jovencísimas criaturas van mesándose los cabellos y arañándose sus bellos rostros, desfigurándose para aparecer feas a los ojos de los enemigos de su tierra.

Entre ellas se encuentran las hijas de un hidalgo de estirpe goda, caído en desgracia por apoyar al depuesto Alfonso, legítimo heredero de la corona. Pero este noble caballero no se resigna a perder a sus hijas; sino que, de acuerdo con sus hijos varones y con el apoyo de sus leales, está dispuesto a vender cara su honra encabezando la sublevación contra tan afrentoso e infame tributo.

La emboscada ha sido tramada sin dejar un cabo suelto: Varios hermanos envueltos en velos femeninos se mezclan con las doncellas, otros se apostan al acecho para alertar a los demás, que aguardan expectantes el momento oportuno al amparo de unas higueras que hay allí cerca.

Y ante el primer desembarco, caen como halcones sobre los desconcertados musulmanes. En vano intervienen los guerreros de la escolta; más y más hidalgos, infanzones y villanos blandiendo armas, aperos o estacas salen de entre las higueras y acometen con furia a los enemigos hasta que consiguen derrotarlos y liberar a las doncellas.

La lucha ha sido tan encarnizada que, a la postre, podemos presenciar cómo el padre y los hermanos de las jóvenes que desencadenaron esta hazaña, habiéndoseles roto las

espadas, arrancan ramas de las higueras y empuñándolas como armas siguen arremetiendo con ellas: Ramajes que después colgarían orgullosamente en el dintel de sus puertas y ventanas.

Hasta aquí nuestra incursión en el pasado.

Se cuenta que, en recuerdo de estos hechos, los hijos de este bravo hidalgo pusieron en su escudo unas hojas de higuera y sus descendientes fueron conocidos con el sobrenombre de Figueroa. Acontecimiento que todavía sigue en boca de la gente de aquellos lugares y que algunos quieren atisbar en la toponimia: Así, Peito Bordelo, o pacto del oprobio; Las Traviesas, donde los moros fueron atravesados; Ardemil, porque allí ardieron mil; Valdoncel o valle de las doncellas, amén de Figueroa, derivado de figuera «higuera».

La literatura también se encargaría de recoger esta tradición; como botón de muestra valga este fragmento del Carlo Famoso (1566) de Luis de Zapata:

Las cinco verdes hojas de la higuera

En el escudo de oro bien pintado.

Que así a los suyos de la Edad primera

Los Condes de Trastámara han dejado:

Son las armas de los que en tal manera

De Figueroa, como ellos, se han llamado.

Los que traen estas hojas: por sus gentes

Son caballeros claros y excelentes.*

O este romance de Herbella del Puga, que data ya de 1814:

Presentados los Figueroas,

que heroicos recuperaron

de los moros las doncellas

del feudo de Mauregato:

Cuando al ver que las llevaban

cautivas, perros malvados,

para su Peito Burdelo,

valiente se abalanzaron

a unos ramos de higueras

con los cuales batallaron;

vencido el enemigo,

quedaron dueños del campo,

restituidas las doncellas

a sus casas y palacios,

y CINCO HOJAS DE HIGUERA

en su escudo colocaron.

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