Hermano Francisco

HERMANO  FRANCISCO:

He conocido a pocos coritos tan amantes de Feria y de sus cosas como tú, Francisco. Al estudio, conservación y divulgación de sus señas de identidad dedicaste las mejores horas de tu vida. Y lo hacías con generosidad, sin esperar el aplauso y aprobación de la gente. Con ello disfrutabas aunque también sé que te llevaste más de un disgusto cuando te dabas cuenta de que alguien cometía una agresión, más por ignorancia que por maldad, contra el patrimonio cultural y artístico, que con tanto desvelo nos legaron nuestros antepasados.

Y es que no había nada que te agradara tanto como ocuparte y preocuparte del pueblo que te vio nacer, donde formaste tu familia y donde ejerciste tu profesión. Tus sabios consejos y enseñanzas fueron un acicate para los que tuvimos la suerte de tratarte, contagiándonos la querencia que sentías por la patria chica y el fervor por la Santa Cruz.

Pero como obras son amores y no buenas razones; no solo nos animabas con tus palabras sino que predicabas con el ejemplo: Tus afanes y actuaciones para contribuir a la mejora, resonancia y esplendor de todo lo relacionado con nuestro pueblo son numerosos y de sobra conocidos de todos, por lo que no insistiré en ello.

Tu amor por la tierra que pisamos te impulsó a interesarte por la historia, los monumentos y las tradiciones de esta villa que dio nombre al Ducado de Feria. Fruto de este interés son los cuantiosos trabajos que nos legaste sobre el tema. Tu contribución fue fundamental para que este pueblo fuera reconocido Conjunto Histórico Artístico. Y gracias a tu gestión como Presidente de la Hermandad, la fiesta de la Santa Cruz fue declarada de Interés Turístico Nacional y de Extremadura. Como corresponsal del diario Hoy, difundiste en la región las noticias de este rincón extremeño dando a conocer sus fiestas y acontecimientos. Por citar solamente algunos de tantos aspectos en los que demostraste tu pasión por Feria.

Pero no deseo extenderme en la enumeración de todos tus logros y realizaciones en pro de este pueblo. Otros sabrán realizarlo con más documentación y erudición que yo. Aunque, ya te digo, siempre lo hiciste sin llamar la atención, sin darle importancia, como un rasgo innato y natural de tu personalidad. Lo que ahora pretendo es seguir conversando contigo, como un hermano menor, y así aprender de tu experiencia.

¡Son estas unas fechas tan señaladas…! Este año por primera vez nos disponemos a celebra la fiesta de la Cruz, de tu querida y bienamada Santa Cruz, sin que tu viva presencia se emocione y estremezca ante su paso majestuoso por las calles del pueblo. El vacío que has dejado será difícil de llenar, pero nos consuela saber que tu nombre y tu recuerdo quedarán para siempre ligados a la Santa Cruz. Estoy seguro de que te las vas a arreglar para salir a su encuentro como otros años y que vas a velar para que nuestra devoción por la señal del cristiano no se marchite. También nos queda tu ejemplo. Porque tu fascinación por la Cruz y tu entrega incondicional permanecerán en el corazón de todos nosotros y nos servirá de estímulo para avanzar por el camino que nos marcaste.

Ya sé que otros muchos (hombres y mujeres) contribuyeron en mayor o menor grado al realce de esta solemnidad tan especial. Pero tu labor fue decisiva en este sentido. Y gracias a ti, las fiestas en honor de la Cruz superaron la crisis de la posguerra y su progreso fue in crescendo hasta la actualidad. Sin que los jóvenes que ahora han tomado el relevo sospechen siquiera que hace sesenta y tantos años otro joven como ellos cargó sobre sus hombros esta Cruz y la sostuvo sin consentir que nada ni nadie la echara por tierra.

Por eso hoy no hablamos de ella en pretérito como sucedió con otras tradiciones que cayeron en el olvido, arrumbadas en el desván de los cacharros viejos e inútiles. Y no fue así porque allá por los años cincuenta del pasado siglo, en plena juventud, afrontaste con ilusión la responsabilidad de hacerte cargo de la presidencia de la Hermandad organizando, pese a la escasez de medios, unos festejos que estuvieran a la altura de tus sueños.

Entonces este que te habla apenas era un niño (que presumía de ser hermano de la cruz, cuando ello suponía un motivo de orgullo ya que éramos una minoría), un zagal que esperaba con ilusión la llegada de las ansiadas fiestas: Las cruces infantiles, los nuevos crucifijos con sus cordones… ¡Cuántos recuerdos…! Y con qué expectación vivíamos aquellos días: Además de los actos habituales, ese año nos esperaban agradables sorpresas, aunque con el paso de los años en mi memoria ya se mezclan los recuerdos: Los conciertos de la banda y la cabalgata de gigantes y cabezudos, el concurso de cruces y de coplas, los cohetes y los fuegos artificiales en la Corredera, la cucaña horizontal y los globos grotescos, la misa y la procesión, la carrera de burros y la carrera ciclista; y otras diversiones como la carrera de gallos en sacos, pucheros a la ciega, chocolatada con ojos vendados o ¿quién encontró la peseta?… que hacían las delicias de chicos y grandes. Hasta que la traca ponía el punto final al jolgorio. Después se imponía la rutina diaria. Solo un remolino de papeles quedaba revoloteando en la Corredera como residuo de aquellos días felices.

Ya ves, hermano, hermano Francisco, cómo ha volado el tiempo. Pero nos dejas gozosos y esperanzados porque la planta marchita que un día regaste y abonaste, floreció y dio sus frutos, creció hasta convertirse en un árbol robusto y frondoso. No te preocupes porque lo vamos a cuidar y proteger para que ni las calores lo abrasen, ni los vendavales lo derriben.

No quiero terminar esta charla fraterna contigo sin expresar mi gratitud en nombre de todos tus hermanos, los hermanos de la Cruz y, en general, de todos los coritos. Gracias por todo lo meritorio y valioso que hiciste por nuestro pueblo, especialmente por nuestra bendita y nunca bien alabada SANTA CRUZ.

Hasta siempre, hermano.

Juan José Becerra Ladera

Fotografía: Álbum familiar

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