La escuela a mediados del siglo pasado

TESTIMONIO DE UN ALUMNO: LA ESCUELA DE LOS AÑOS 50 EN FERIA

TEXTO jUAN JOSÉ BECERRA LADERA

Fotografías: Del grupo LA VOZ DE FERIA. Nuestro agradecimiento a los que han cedido sus fotos para este trabajo así como a los que quieran aportar otras relacionadas con el asunto tratado.

Material escolar: Libreta, pizarra y plumier. (Foto jjferia)

1.- Imagen de la infancia

1, ¿Qué recuerdos tiene de su infancia? Descríbalos tan fielmente como le sea posible. 2. ¿Podría darnos una descripción de la vestimenta que normalmente utilizaban los niños/as? ¿Había distinción entre la ropa de unos niños y otros? Si es así, ¿cuál era? 3. ¿Usó usted uniformes en los colegios? ¿Cómo eran?

 

Son tantos y tan buenos los recuerdos que sería imposible referirlos con detalle. Comparado con estos tiempos, aquellos eran más elementales, sencillos y austeros. En general, disponíamos de menos cosas materiales, solo lo estrictamente necesario. Vivíamos sin lujos ni cosas superfluas. Una de estas cosas superfluas eran los libros. Nos alimentábamos con lo que daba la tierra, apenas se compraba alguna cosa. Nosotros mismos hacíamos los juguetes, y si los comprábamos, eran muy simples y modestos: bolindres, repiones, aro, etc. nada de los sofisticados juguetes de hoy en día. Los juegos eran colectivos, se necesitaba la interacción con otros niños, el movimiento continuo y el ejercicio físico. Correr, saltar, empujar, gatear, reptar… Habitualmente acompañado de la palabra y el lenguaje como retahílas, canciones, versos, adivinanzas… siempre al aire libre, sin parar, con sus reglas, sus penalizaciones y sus triunfos. No había coches y solo teníamos que tener cuidado con el ganado al transitar la calle. Animales que muchas veces pasaban a formar parte de nuestros juegos.

Era un entorno rural. La mayoría de las personas se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, así que apenas había diferencia entre unos niños y otros; al menos entre nosotros. La vestimenta era la estrictamente necesaria para cada estación; si se rompía se remendaba o se volvía a coser. Además de la ropa de diario, teníamos otra de reserva, más nueva y limpia, para los domingos y días de fiesta (disantos). Y así todos los niños sin apenas distinción ni diferencias notables. Algunos con la ropa más gastada y remendada y otros más limpia y nueva, que generalmente se confeccionaba en casa por nuestras madres y abuelas. No éramos esclavos de la moda, ya que las prendas se sustituían cuando resultaban inservibles.

La vestimenta de las niñas y niños eran muy diferentes: calzones o pantalones cortos con tirantes para ellos, faldas para ellas. Sería impensable intercambiarlas o conjuntos unisex. Los niños no usamos nunca uniformes, en la escuela teníamos la ropa habitual. Las niñas del colegio sí que usaban uniforme, ellas estaban en otra aula muy separadas de los niños.

La abuela con sus nietos (Foto de Francisco Felipe)

2.- Contexto y relaciones

4. ¿Cuántos miembros componían su familia? 5. ¿Qué lugar ocupaba entre los hermanos? 6. ¿Qué estudios tenían sus padres y en qué trabajaban? 7. ¿Dónde vivía en la época en que realizó sus estudios?  8. ¿Hablaban sus padres con su maestro/a para ver cuál era su marcha en la escuela?  9. ¿Les importaba a sus padres que faltase algunos días a la escuela?  10. ¿Cómo era su relación con los padres y hermanos?  11. ¿Tenían sus padres interés y preocupación por su educación? ¿Cómo se lo manifestaban?  12. ¿Visitó en alguna ocasión alguna autoridad el colegio, como puede ser el alcalde, los inspectores de educación o algún otro personaje destacado? ¿Qué hacían? 

 

Las familias eran entonces mucho más numerosas. Nosotros solo éramos cuatro hermanos (tres chicos y una chica), pero era normal que pasaran de cinco los hermanos y en algunos casos, aunque los menos, llegaban a diez o doce. En los primeros años vivíamos en casa de los abuelos por lo que convivíamos tres generaciones; pero cuando se casó mi tía, mis padres se trasladaron a otra casa donde pasamos el resto de la infancia. Yo ocupaba el segundo lugar entre los hermanos, así que a menudo tenía que heredar su ropa, libros y juguetes. Desgraciadamente, mi hermano mayor murió cuando yo tenía nueve años, así que pasé a ocupar su lugar. En consecuencia, estaba predestinado a trabajar en el campo al dejar la escuela para ayudar a mi padre, que era labrador. Mi madre se dedicaba a las labores domésticas, como casi todas las madres en aquella época y en este lugar. Sus estudios era muy elementales: Leer, escribir y las cuatro reglas (como se decía entonces).

Vivíamos en el pueblo donde nacimos. El mismo en que nacieron mis padres, mis abuelos y los padres de mis abuelos… Por entonces, antes del éxodo rural hacia las ciudades industriales, éramos cerca de 5.000 habitantes, con muchos niños. Por ejemplo los niños nacidos el mismo año que yo pasábamos del centenar, por eso había niños de sobra por todas partes para jugar y numerosas pandillas. Pero después comenzó la emigración hasta quedar en poco más del millar de habitantes. Había escuelas públicas gratuitas donde daban clase los maestros nacionales de la posguerra. También había un colegio de monjas con clases para niños, niñas y parvulitos. Aunque era una escuela privada no era nada elitista sino que daban clase casi por caridad, pues solo se aportaba una pequeña cantidad de dinero. Algunas de estas monjas, aunque no tenían estudios pedagógicos, eran las maestras: una para los parvulitos, otra para las niñas y otra para los niños. Yo siempre fui a este colegio.

Por supuesto que no había ni se conocía la Asociación de Padres ni reuniones con los maestros. Ni mis padres fueron nunca al colegio a hablar con las monjas. Posiblemente tendrían algún encuentro esporádico que no recuerdo. Tampoco recuerdo a mi madre, y menos a mi padre, que me acompañara a clase o que me esperara a la salida para llevarme a casa. Desde muy pequeño aprendí a ir solo a la escuela o con otros compañeros que encontraba por el camino.

Eso sí, la asistencia a clase era obligatoria. Era normal que muchos niños faltasen a clase porque tenía que ayudar a sus padres o porque estos no se preocupaban demasiado y hacía la vista gorda. Pero mis padres me inculcaron que la escuela era un deber ineludible. Eso lo aprendí muy pronto desde el día que se me ocurrió escaparme (eso decíamos por hacer pellas o novillos) de la escuela e irme con un amigo a pájaros o grillos. Cuando se enteraron, el escarmiento fue contundente. Ya no volvía a faltar si su permiso.

En casa el ambiente familiar era bueno, sin lujos y sin problemas especiales entre los hermanos y entre estos y los padres. Era una familia tradicional: el padre se ocupaba de trabajar en el campo para alimentar la familia y la madre de las labores domésticas y por lo tanto del cuidado de la prole. Y aunque el nivel cultural no era muy alto, consideraban que la educación y la cultura era un valor a tener en cuenta y se preocuparon para que sus hijos adquirieran un cierto nivel cultural. Por lo que a mí se refiere,  no solían ir al colegio para interesarse por la marcha de mis estudios. Quizá porque esta era satisfactoria y no presentaba problemas dignos de consideración. Creo que también debían confiar en las personas encargadas de impartir las clases a las que consideraban más preparados para este menester.

Tampoco solían aparecer por clase otras personas o autoridades relacionadas con la educación. Como era un colegio de religiosas, el párroco solía ir algunas veces y nos formulaba alguna pregunta de asunto religioso con motivo de alguna festividad. Un día a la semana teníamos que ir a la iglesia para la catequesis. Los domingos íbamos también al colegio y desde allí marchamos en fila con las monjas a la iglesia para asistir a misa. También nos visitó algunas veces algún misionero que nos hablaba de las misiones y nos preguntaba si algunos de nosotros quería ser misionero. Recuerdo que yo siempre levantaba la mano.

Foto escolar de los hermanos Antonio y Juan José Becerra

3. Imagen del maestro o maestra

13 ¿Qué recuerdos generales tiene del maestro o de la maestra que le dio clase? ¿Cómo era su talante, su edad, su vestimenta?  

 

La maestra era una de las monjas de la comunidad, debía de tener algunos estudios elementales, pero no el título de maestra. Parecía ser bastante joven, aunque en aquel tiempo y con los hábitos negros propios de la congregación, aparentaban más edad. Solo tuve dos maestras, las dos monjas; una cuando aprendí a leer y a escribir, y otra el resto de la escolaridad, con un pequeño intervalo en que tuve otra que se trasladó pronto (la misma que tuvo mi hermano mayor) y que fue reemplazada por la que sería la definitiva. Eran personas como se esperaba que fueran. La que nos enseñó las primeras letras era jovial y muy joven. No recuerdo mucho. Sí que cantábamos y nos enseñaba las letras en la cartilla: La del puntito? i; la redondita? o, la del rabito? a…  También nos enseñaba las letras cantando: A, a, a, a mi me gusta rezar… etc.

Cuando aprendí a leer, me pasaron a la clase de los mayores (no había cursos) con otra maestra. Esta era una monja más estricta, que no dudada en castigarnos si era preciso. Pero a pesar de ello la recuerdo con cariño porque pese a tantas carencias y falta de recursos, su dedicación a la enseñanza y a los niños era abnegada y se preocupaba por nosotros y por nuestra educación a la que dedicaba casi todas las horas del día, todos los días de la semana y todos los meses del año. Y todo a cambio de muy poco y sin apenas esperar recompensas materiales.

En cambio tenían que soportar, las impertinencias y molestias de aquellos agrestes niños de entonces, a los que los conocimientos que la escuela impartía les importaban más bien poco. Ni a ellos ni a sus padres que se los encomendaban más que nada para que los tuvieran recogidos unas horas y verse así libres de sus travesuras y alborotos. Y a los que no les importaba que emplearan castigos y maltrato físico para mantener a raya a sus inquietos retoños.

La maestra no conocía muy bien a todos, ya que era la única que nos daba clases a lo largo de la educación primaria. Ella me transmitió los conocimientos de los que disponía, que no serían muchos, hasta que dejé la escuela.

RAYAS, Cartilla primera (Foto La Voz de Feria)

4. Horario

14. ¿A qué hora se levantaba para ir al colegio? ¿Tenía que andar mucho para llegar al mismo? 15. ¿Cuáles eran las preocupaciones en su recorrido hacia el colegio, qué recuerdos tiene de ese espacio de tiempo y de qué charlaba hasta empezar la jornada escolar? ¿Y tras concluir la jornada escolar y dirigirse a casa? 16. ¿A qué hora empezaban las clases y a qué hora terminaban?  17. ¿Podría explicar un poco el orden de desarrollo de un día de clase normal?  18. ¿Cuánto tiempo se le asignaba a cada materia? ¿Existían los recreos? Si existían, ¿cuánto tiempo duraban?  19. Normalmente, ¿se comía en casa o en el colegio?  20. ¿Recuerda el horario como muy fatigoso, cansado, aburrido y/o gratificante? 

 

Por las mañanas me levantaba a las ocho o las nueve. Desayunaba, repasaba la lección y marchaba al colegio que no quedaba lejos de casa (unos 200 metros). Allí esperábamos a que dieran las 10 h para entrar (las campanas y el reloj de la torre de la iglesia marcaba las actividades del pueblo). Por el camino me encontraba con los niños de mi clase que llevábamos la misma dirección y charlábamos de lo que íbamos a hacer después de clase.

Las clases (mañana y tarde) terminaban a las cinco. Por la tarde, al regresar de la escuela, nos daban la merienda, salíamos de casa con ella en la mano, siempre nos reuníamos en el mismo sitio y allí decidíamos a qué jugar y a dónde ir. Las tardes se estiraban y nosotros no parábamos de jugar por las calles del pueblo,  a veces salíamos a los campos. Las estaciones marcaban las actividades habituales: Las frutas que comeríamos, los animales que perseguiríamos, los baños en las albercas, los juegos en la era, los revolcones en los pajares, la vendimia, la recogida de la aceituna, etc. Y así también, los juegos se iban alternando según la época del año.

Se me olvidaba decir que durante cierto tiempo, la merienda nos la daban en la escuela: Se trataba de la leche americana: A media mañana nos daban la leche en polvo que diluíamos en un vaso de agua. Y por la tarde queso o mantequilla para acompañar al pan que llevábamos de casa.

Entrábamos en fila hasta llegar a la clase, empezábamos rezando. Enseguida continuábamos con las tareas rutinarias: cálculo y análisis de una frase en la pizarra individual, dictado, recitar la tabla, lección de la enciclopedia (por materia o asignaturas) y lectura. Por la tarde nos dedicábamos a otras actividades como caligrafía, catecismo, dibujo o copia en el cuaderno de un texto escrito, repaso de las provincias y accidentes geográficos ante el mapa mural de clase. Redacción como diario del domingo, el evangelio de la misa,  una carta, etc. Pero las diferentes asignaturas o materias no estaban tan definidas y delimitadas como ahora, así que no podría precisar qué tiempo se dedicaba a cada una: Leer, escribir, contar, dibujar, memorizar, rezar… esas eran las actividades habituales.

Por la mañana había media hora de recreo, salíamos a un patio que había en el colegio (la residencia de las monjas). Los niños de las escuelas públicas tenían el recreo en la plaza del pueblo, pues las aulas eran dependencias municipales habilitadas sin agrupar. Entre la sesión de mañana (de 10 a 1) y la de tarde (de 3 a 5) salíamos para comer en casa y regresar al colegio hasta las cinco en que terminaban las clases. Teníamos el resto de la tarde para jugar y repasar (memorizar) las lecciones del día siguiente.

Las clases eran rutinarias y monótonas; siempre con la misma maestra, un día y otro, un año y otro año, memorizando y recitando. Además no teníamos vacaciones de verano. Sin calefacción en invierno ni refrigeración en verano. Pero como no concebíamos otra forma de vivir, no lo echábamos de menos, Era lo que había, más frío y más calor pasaban nuestros padres en el campo (y nosotros mismos cuando le ayudábamos en su trabajo). Los niños, al menos estábamos en la escuela bajo techo. Recuerdo que en los días calurosos del verano llevábamos a la escuela un botijo lleno de agua para beber cuando teníamos sed. Por aquellos entonces no había aseos ni agua corriente en las casas del pueblo. Ni agua corriente ni corriente eléctrica. A veces teníamos que repasar las lecciones por la noche a la luz del candil.

A pesar de todo y de tanta precariedad, a mi me gustaba la escuela y asistía a ella con agrado. Era el único medio que teníamos de conocer y de progresar; de superar la situación y seguir otros caminos y horizontes en la vida, diferentes al de nuestros padres. Así que siempre fui un niño más bien aplicado y aficionado a la cultura. Me gustaba leer, escribir y aprender cada día más. Entonces a lo único que se podía aspirar era a ser maestro, ya que en Extremadura no había Universidad, únicamente una escuela de Magisterio en la capital de provincia. Así que a los 11 años me prepararon en clases particulares para hacer el examen de ingreso (previo al Bachillerato) y continuar los estudios medios en Badajoz.

Silla, pizarra y cabás (Foto de Paqui Sánchez Prieto)

5. Escolarización

21. ¿Recuerda cuáles eran los requisitos previos para poder asistir a la escuela? 22. ¿Cuánto duraba un curso escolar normal? ¿Tenían vacaciones? ¿Cuáles eran? 23. ¿En qué curso abandonaron más compañeros los estudios?  24. ¿Se controlaba de alguna forma la no asistencia al colegio? ¿A qué motivos solía deberse la no asistencia?  25. ¿De qué tipo era la escuela (graduada, mixta, unitaria…) a la que asistió? ¿Cuántos alumnos había en clase?  26. ¿Existía una escuela en el pueblo o ciudad donde vivía o le era necesario desplazarse hasta otro núcleo urbano?  27. ¿Existía algún tipo de beca o ayuda económica para los diferentes gastos que ocasionaba la escuela?  28. ¿Pagaban los padres algún tipo de cuota a la escuela por el comedor, transporte, asociaciones de padres y madres, permanencias, actividades complementarias…? En caso afirmativo, ¿qué opinión le merecía a la familia el abono de estas cuotas? 

 

Para empezar la escolarización, no había ningún requisito previo. La asistencia a clase dependía de la decisión de los padres. Cuando ellos lo creían conveniente, hablaban con el maestro o la maestra y empezabas a asistir a clase. Generalmente a edades tempranas (al menos en mi caso fue así). La ley debía ser muy flexible en este sentido. Cuando empecé a ir a la escuela, había  señoras que ejercían de maestras en sus casas sin títulos ni autorización. Los pequeños que asistían a ellas tenían que llevar su silla y daban las clases en cualquier dependencia de la casa (una especie de guardería). Eran mujeres que apenas tenían estudios primarios.

En mi colegio, tampoco había cursos preestablecidos o regulados: No recuerdo haber estudiado primero segundo… hasta el bachillerato. Tampoco había calificaciones, ni notas a los padres. Sólo el recibo de la cuota mensual. El nivel y el grado de progreso quedaban al buen juicio de la maestra. En la clase había niños de diferentes niveles de conocimiento sin relación con la edad: Estos niveles eran primera, segunda y tercera sección (se correspondían con los grados de la enciclopedia que estudiábamos (Preparatorio, Elemental y Superior). El profesor nos tomaba la lección formando un corro en torno a su mesa y nos hacia las preguntas del libro, nosotros recitábamos de memoria la respuesta correspondiente. Si alguno no la sabía, pasaba a los siguientes; el que respondía correctamente adelantaba de puesto poniéndose delante del que no la sabía. Todos considerábamos entonces que los primeros eran los más listos y los últimos los más torpes. Así que estar en los primeros puestos era un motivo de orgullo, y al contrario si estabas en los últimos. Al menos yo así lo consideraba.

Como no había vacaciones de verano (si no había clases, las monjas no cobraban), muchos niños de las escuelas públicas se pasaban al colegio durante el verano, Pero los demás ayudaban a sus padres en las faenas agrícolas. Solían abandonar la escolarización a los once o doce años. A los trece como mucho se dejaba la escuela para ayudar a la familia en las labores de casa o del campo. Los menos pudimos continuar los estudios de Bachillerato para acceder después a la Escuela Normal y muy pocos a la Universidad.

Aquella era una especie de escuela unitaria con alumnos de varias edades agrupados por secciones. Nos sentábamos en los pupitres distribuidos de acuerdo la edad y el nivel: Delante los más pequeños y detrás los mayores por su edad y conocimientos. No había control de asistencia (A la misa dominical sí, eso era sagrado). Los niños faltaban por cualquier motivo y hacían novillo con frecuencia. En mi clase, la de los niños, debíamos de ser más de treinta alumnos (en verano muchos más). Estaba en el pueblo donde residíamos y como es un pueblo pequeño, no debíamos recorrer mucha distancia para asistir a clase. Pagábamos una pequeña cantidad mensual; el escaso material escolar y otros gastos corrían por cuenta de los padres. Por supuesto que no había otros gastos para comedor, transporte, asociación de padres, actividades complementarias, etc. puesto que no existían estos servicios.

Los maestros de las escuelas públicas daban permanencia a algunos niños después del horario escolar e incluso clase particulares a los que se preparaban para el Bachillerato por libre y a otros jóvenes que aspiraban a ingresar en la Policía o en la Guardia Civil. En mi colegio, la misma maestra que me daba clase me preparó para ingreso en los estudios medios mediante clases particulares pagadas. Dejé la escuela primaria a los 11 años para continuar los estudios en la capital de la provincia, de la que no regresaba al pueblo sino en vacaciones.

Como no había becas ni ayudas al estudio, mis padres siempre se lamentaban de los sacrificios que suponía permitir que yo pudiera continuar estudiando. Y que si no me aplicaba y aprovechaba el tiempo, regresaría al pueblo a trabajar ya que mi padre estaba necesitando que le echara una mano. Y así fue con otros adolescentes que tuvieron que abandonar sus estudios para ponerse a trabajar o engrosar la emigración.

La Corredera en los años 50 con la iglesia y el castillo al fondo.

6. Arquitectura y mobiliario 

29. ¿Recuerda, de forma muy general, cómo era el edificio de la escuela en la que usted enseñó o asistió durante más tiempo: cuántas plantas tenía, cuántas clases, si tenía servicios, si contaba con aulas específicas…? 30. Concretamente, ¿recuerda cómo era su aula: si tenía ventanas, qué tamaño tenía, si tenía calefacción, cómo eran sus pupitres, qué muebles había en ella, cómo estaban dispuestos…? 31. ¿Sabe si el edificio donde estaba ubicada la escuela habría sido construido con ese fin o se habilitó para ello? ¿En qué lugar de la ciudad o pueblo estaba situado?  32. ¿Existían aulas de preescolar? Si las había, ¿cómo eran?  33. ¿Había lugares de recreo específicos dentro del centro o simplemente eran los campos de los alrededores? Si tenían lugares específicos, ¿puede describirlos? 

 

Las aulas formaban parte de un caserón del pueblo que servía de convento de una comunidad de monjas, algunas de las cuales se dicaban a la enseñanza. Se accedía a ellas por un largo pasillo al que daban los aposentos del convento. Al final estaban las dependencias escolares de una sola planta: salas de clase, salón cubierto donde nos quedábamos durante el recreo cuando llovía y un patio para la mayoría de los días.

No había otras dependencias ni aulas específicas para música o educación física puesto que estas materias no formaban parte del currículum. Toda la materia se impartía en una única clase con la escueta decoración de las consabidas fotos del Jefe del Estado, la Inmaculada Concepción y un Crucifijo, la pizarra de clase, el mapa de España y algunas ventanas. Nada más.

El edificio en su conjunto era una antigua casona que no estaba diseñada para dar clases, sino que fueron habilitadas para este fin al fondo del edificio. El centro no disponía de servicios, al menos para los niños. La sala de clase tampoco disponía de calefacción alguna. Era un derroche impensable en aquel tiempo. Los pupitres eran bipersonales, aunque había algunos para cuatro alumnos cada uno con sus tinteros donde mojábamos la pluma cuando escribíamos en el cuaderno. Sin más mobiliario que la mesa de la profesora y un armario. Lo mínimo imprescindible.

Patio del colegio (foto de Laury Fernández))

7. Curriculum

34. ¿A qué edad se inició en la lectoescritura? ¿Quién le preparó? 35. ¿Cuáles eran las materias que se impartían en los primeros años de su escolarización? 36. ¿Cuáles eran las disciplinas que más le gustaron y por qué?  37. ¿Le ha servido para la vida lo que en aquella época le enseñaban en la escuela?  38. ¿Qué importancia se concedía a la ortografía y a la presentación formal de sus trabajos? ¿Cómo se controlaban y corregían estos aspectos? 

 

A los dos o tres años, lo primero que hacíamos al comenzar la escolarización era iniciarnos en el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero como fue a edad tan temprana casi no tengo conciencia de ello. Comenzábamos leyendo en cartillas del método RAYAS (de estas cartillas sí que me acuerdo perfectamente). También escribíamos letras y números; algunos rezos, algunas canciones infantiles… no recuerdo mucho más. Creo que ni había pupitres, puesto que no sentábamos en banquetas alargadas sin respaldos y escribíamos en pizarras personales con el pizarrín.

Más tarde en la escuela de los mayores, los libros eran la enciclopedia (Dalmau Carles), el libro de lectura y el catecismo. Aprendiendo y recitando las respuestas a preguntas prefijadas de antemano. También aprendimos de memoria el nombre de las provincias de cada región, los ríos y otros accidentes geográficos delante del mapa físico y político  de la escuela. Aún lo recuerdo y cuando paso por algún lugar de España me vienen a la memoria aquellos días en que aprendí el nombre de unos lugares tan lejanos de mi lugar de nacimiento: “El Duero nace en los picos de Urbión, pasa por Soria y Zamora forma frontera entre España y Portugal y desemboca en Oporto, sus principales afluentes son…” De aquí mi fascinación por la Historia y la Geografía y de tantos lugares que ahora puedo visitar y comprobar in situ aquella realidad entonces solo imaginada: “España limita al norte con el mar Cantábrico, Francia y la República de Andorra… y al oeste con Portugal y el Océano Atlántico”.

Por eso, aunque era una enseñanza memorística, algo quedó de ella, y actualmente cuando compruebo que algún jovenzuelo no sabe localizar una ciudad o una provincia en el mapa, me llevo las manos a la cabeza de algo que yo sabía cuando tan solo contaba ocho años de edad y que no he olvidado desde entonces. De algo me habrá servido puesto que terminé estudiando Magisterio y dedicándome a la Enseñanza, a pesar de lo precario de los medios que disponíamos. ¿Me pregunto qué hubiera sido de mí con tantas facilidades que tienen hoy en día todos los niños?

En cuanto al Lenguaje, escribíamos dictados, copias, muestras (caligrafía), cartas, análisis, composición, etc. cuidando la letra, la presentación, la caligrafía y la ortografía. Después la profesora corregía los ejercicios con tinta roja y si no superaban los niveles mínimos volvías a repetirlo y pasarlo a limpio. Al final solía calificar los trabajos con las notas habituales de bien, notable o sobresaliente. También aprendíamos y recitábamos de memoria los verbos, las preposiciones y otras partes de la Gramática.

Pero la consecuencia más importante que me aportó la escuela fue reconocer el valor de la educación y la adquisición de conocimientos  a través de la lectura y el aprendizaje y el convencimiento de su influjo en el progreso y desarrollo de la personalidad. Me es imposible imaginarme sin libros a mi alcance. La afición a la lectura y la curiosidad conocer cada vez más siempre me ha acompañado.

Ejercicio de Composición (foto La Voz de Feria)

8. Material didáctico y manuales escolares

39. ¿Recuerda qué tipo de material didáctico había en el aula y en el centro? ¿Contaba con gran cantidad de material escolar? 40. ¿De quién era ese material que solían usar, propio o de la escuela? 41. ¿Sobre qué tipo de cuadernos recuerda haber escrito y con qué solía escribir? ¿Existían cuadernos especiales de caligrafía, de matemáticas, o las llamadas fichas?  42. ¿Qué material recuerda haber usado en la clase de lectura?  43. ¿Qué material recuerda usar en la clase de matemáticas?  44. ¿Qué material solía usar en las clases de dibujo y en las de manualidades? ¿Llevabas objetos caseros para la realización de tareas manuales?  45. ¿A la hora de estudiar Geografía o Historia, disponíais de mapas, planos, esferas terrestres o cualquier otro material didáctico?  46. En las clases de Naturales, ¿disponíais de material de laboratorio, o láminas, o esqueletos que os facilitaran la tarea?  47. ¿Utilizabais en la clase de música algún instrumento determinado o cuadernos específicos?  48. ¿En gimnasia tenían material especial para realizar las clases?  49. ¿Usaban los profesores instrumentos para avisar de las entradas y las salidas de las clases o marcar el recreo?  50. ¿Utilizaban algún tipo de ropa especial para algunas clases, para manualidades, física o gimnasia, tanto alumnos como profesores?  51. ¿Qué materiales solía utilizar el profesor en las diferentes clases?  52. ¿Había algún material concreto que usasen por separado niños y niñas, específico según el sexo?  53. ¿Dónde llevaban los niños a clase los libros?  54. ¿Qué libros recuerdas haber leído o estudiado en clase? ¿De qué editorial? ¿Eran comprados exclusivamente para ti o eran heredados de tus hermanos o de otros familiares?  55. ¿Había libros de consulta en el colegio? ¿Existía una biblioteca en el centro o en el lugar de residencia donde poder consultar dudas?  56. ¿Leía algún libro fuera de clase, aparte de los libros que te exigían en clase?  57. ¿Podría recordar el precio que tenían los libros que te exigían en clase? 

 

Ya he aludido de pasada al escaso material escolar con que contábamos, por lo que no insistiré en ello. Pues prácticamente era inexistente. Nosotros llevábamos en la cartera los libros y cuadernos necesarios y el plumier con los lápices, la goma y las plumas y palilleros. En la clase únicamente había algún mapa y poco más.

Los cuadernos eran los típicos de rayas y cuadrículas. En estos escribíamos con pluma, tintero y secante. Así que debíamos hacerlo despacio y con mucho cuidado para evitar manchas y derramar la tinta. Para actividades que debíamos corregir y borrar con frecuencia, teníamos la pizarra de mano sobre la que escribíamos con un pizarrín y borrábamos a veces hasta con saliva. En ella hacíamos cálculo (cuentas y problemas) análisis, etc que corregíamos sobre la marcha,  En los cuadernos hacíamos caligrafía, copias y muestras, dibujos y pasábamos a limpio cuentas y problemas ya corregidos. A veces dibujábamos y confeccionábamos nuestros propios mapas, con los nombres de las regiones y accidentes correspondientes. Pero nada más.

Tuvimos varios libros de lectura a lo largo de la escolaridad, pero recuerdo especialmente uno que se titulaba “Cien figuras españolas”. Como su título indica se trataba de pequeñas biografías de los personajes más relevantes de la historia de España incluyendo las letras y las artes. Viriato, El Cid Campeador, El Gran Capitán, Hernán Cortes,  Cervantes, etc.

Pero ni en la escuela ni en el pueblo había salón de actos, laboratorio, gimnasio, aula de música, taller de manualidades, ni nada de eso. El pupitre con asientos abatibles, los libros, las libretas, el plumier, la pizarra, ese era todo el material y una única sala de clase. Tampoco había biblioteca, ni en casa contábamos con libros.

Pero a mí, como a otros niños, me gustaba leer. Además del libro de lectura, contaba con algunos tebeos muy populares en la época. En el pueblo había una tienda en la que vendían tebeos de humor y de aventuras. Algunas veces ahorraba algún dinero de la paga semanal para adquirir algunos cuentos que luego podía intercambiar con los amigos. Con frecuencia a escondidas de mis padres que lo consideraban una pérdida de tiempo y de dinero. Entonces me familiaricé con personajes como Roberto Alcázar y Pedrín, el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno, entre otros héroes con los que me trasladaba a países exóticos y épocas históricas que hicieron que me interesara por la Geografía y la Historia, además de la Literatura. También tenía algún álbum de cromos como el de Marcelino Pan y Vino, un cuento del que hicieron una película que tuvo mucho éxito. Sin embargo la electricidad y el cine llegarían al pueblo ya al final de la década y de mi infancia.

Libros de lectura de la época (Foto la Voz de Feria)

9. Actividades extraescolares, trabajo y ocio 

58. ¿Qué tipo de actividades extraescolares se realizaban? 59. ¿Cuáles de entre las actividades extraescolares eran fomentadas por las autoridades locales? 60. ¿En cuestión de deberes, mandaban muchas tareas para realizarse en casa: de qué tipo solían ser, si las mandaban todos los días, a todos los alumnos y cuánto tiempo se solía emplear en la realización de dichas tareas?  61. ¿Ayudaban sus familiares en los diversos trabajos que le mandaban en el colegio y de qué manera lo hacían?  62. ¿Recibía clases particulares en casa o en algún otro lugar distinto de la escuela? ¿Qué recuerda de ellas?  63. ¿A qué jugaban los niños de aquella época y qué otras actividades, aparte de los juegos, realizaban?  64. ¿Recuerda la incidencia que tenían entre el alumnado las fiestas que se organizaban en el colegio? 

 

Las actividades extraescolares si limitaban al aprendizaje de memoria de de una serie de preguntas y respuestas que como pequeñas píldoras constituían las diferentes “lecciones” de la enciclopedia y del catecismo. Así como la tabla de multiplicar, sistema métrico, oraciones religiosas, provincias, ríos, cordilleras y otros accidentes geográficos, naciones y capitales, etc. Para demostrar nuestros conocimientos en clase, como ya he referido.

Con frecuencia me ayudaba mi madre a repasar las lecciones para comprobar si me la sabía. Aún recuerdo que al aprender las preposiciones no conseguí memorizarlas todas. Por lo que la hermana (así llamábamos a la monja) me castigó a permanecer en la escuela hasta que conseguí recitar de memoria toda la serie. Nunca volví a olvidarlas hasta ahora que las puedo recitar de carrerilla como tantas otras cosas entonces aprendidas.

Las actividades extraescolares regulares eran las marcadas por el calendario con motivo de las fiestas religiosas y civiles: Navidad, Semana Santa, Miércoles de Ceniza, Primera comunión, primeros viernes, cumplimiento pascual, misa dominical, mes de mayo, cuestación del día del DOMUND, día de la victoria, 18 de julio… Otras eran esporádicas como teatro, excursión al campo… Conmemoraciones tan características de aquella posguerra que marcó nuestra generación.

Algunas de estas actividades trascendían de la escuela e intervenía la familia, la parroquia o el municipio. Por ello naturalmente participaban los padres o las autoridades civiles y religiosas; pero en las demás actividades escolares únicamente intervenía el personal docente.

Cuando la enseñanza primaria llegaba su fin, comencé a asistir a clases particulares impartidas por la misma maestra a fin de prepararme para  el examen de ingreso previo al bachillerato elemental. A partir de ese momento (10-11 años), mi vida dio un vuelco, un cambio radical, ya que tras el examen de ingreso y dejar la escuela tuve que trasladarme a estudiar a la capital de la provincia, para iniciar el bachillerato (según los planes de estudio de la época). Adiós al pueblo,  familia, amigos, juegos y correrías por el pueblo y sus campos aledaños. Comenzaban los rígidos horarios, las obligaciones de todo tipo lejos de la familia y del hogar. Ahora me doy cuenta que pese a las carencias de todo tipo, los castigos y las peleas, aquella fue una época alegre, fantástica y maravillosa a la que tuve que decir adiós definitivamente.

En la escuela, también existía los deberes y, con frecuencia, teníamos que ayudar a nuestros padres en el campo o con el ganado; pero lo que más recuerdo son los juegos eternos con los amigos al salir de las escuela. Siempre fuera de casa, al aire libre, incansables. Gritando, riendo corriendo, persiguiéndonos, saltando…sin preocupaciones. En un pueblo lleno de niños. Los juegos nos lo inventábamos nosotros, apenas teníamos juguetes y los que teníamos nos lo fabricábamos nosotros mismos, como ya dije: Chapas, cartones, cuerdas, peonzas, huesos de fruta, pelotas de trapo… cualquier cosa nos servía para nuestros juegos. Jugábamos al marro, entera,, la bilarda, el aro, los bolindres, el tirador, etc. Estos juegos eran propios de niños, pues las niñas jugaban aparte y a otros distintos como la comba, el corro y la rayuela. La televisión ni estaba ni se la esperaba (ni falta que nos hacía).

Aparte de los juegos, había que ayudar a los padres en las labores de casa y del campo. Otros niños abandonaban la escuela para sacar algún dinero extra dedicándose a pelar almendras, coger aceitunas, rebuscar frutos del campo, pastorear el ganado, etc.

El repión (Foto La Voz de Feria)
El tirador (Foto La Voz de Feria=

10. Metodología didáctica y disciplina

65. ¿Qué instrumentos se utilizaban para los castigos y los premios? 66. ¿Qué procedimientos utilizaban para motivar al alumnado? ¿Cómo se enseñaba? 67. ¿Recuerda en qué casos intervenía la administración en la resolución de problemas disciplinarios? 

 

Para los castigos, se utilizaban verdaderos instrumentos de tortura: Además de las mano y la consabida palmeta, se castigaba a ponerse de rodillas y con las manos en cruz, llevar orejas de burro y pasearse así ante los demás siendo objeto de burlas, copiar repetidamente una frase con la recomendación incumplida y hasta quedarse “encerrado” en la escuela, a veces sin ir a comer a casa… Recuerdo una vez que no asistí a misa de domingo con los demás alumnos (Tenía que ayudar a mi padre en el campo y asistí a otra misa que se celebraba más temprano precisamente para los que tenían que trabajar). Pero, por no asistir con los demás,  el lunes, al terminar la clase, me encerraron en el cuarto oscuro o de las ratas (así le llamaban): al abrir la puerta solo vi que era un trastero donde las monjas guardaban el carbón y otros cacharros viejos. Cuando se cerró la puerta, todo quedó a oscuras y yo allí dentro. Aún se me erizan los pelos al recordarlo. A pesar de mis gritos, nadie acudió en mi ayuda. No sé cómo salí vivo de la prueba.

Ya me hubiera gustado en aquellos momentos que Dios, la Administración o quien fuera hubiera intervenido para librarme de aquel castigo tan inhumano e injusto. Pero así eran las circunstancias en aquellos tiempos. Y no se podía hacer nada.

En cuanto a premios, no se prodigaban demasiado. Una vez me pasé días y días estudiando el catecismo (primer grado) porque me habían dicho que había un premio para el que se lo supera. Yo me lo aprendí por amor propio, desde la primera a la última página. Cuando llegó el día, fui el único que pasé la prueba con éxito en la parroquia. El premio no me hizo ninguna gracia: Otro catecismo mucho más voluminoso y con muchas más preguntas, se trataba del segundo grado para seguir estudiando.

Al final terminé formando parte del grupo de monaguillos que ayudaban al párroco a decir misa. También teníamos que tocar las campanas, salir en las procesiones y ayudar en otras ceremonias litúrgicas. Para ello debimos aprender las oraciones y respuestas al sacerdote en latín para recitarlas en voz alta durante la misa, tal como se usaba entonces.

11. Actividades del alumnado

68. Relacione las actividades que realizaba en clase. 69. ¿Las diversas actividades llevadas a cabo por los alumnos eran actividades preferiblemente en grupo o individuales? 70. ¿Tenía alguna obligación el alumno/a en la clase: limpiar la pizarra o la clase, regar las macetas? 

Ya he aludido a las diversas actividades que se realizaban en clase, generalmente individuales, excepto algunos rezos y cantos colectivos. A veces había que hacer trabajos de limpieza, sobre todo de los pupitres ya que en ocasiones la tinta saltaba de los tinteros y manchaba las mesas. Alguna tarde que otra, se dedicaba a limpieza: Sacábamos los pupitres al patio para limpiarlos a base de frotar una y otra vez con estropajo, agua y jabón. En cuanto a las actividades escolares, ya he aludido a ellas en otros apartados, por lo que me remito a lo dicho.

12. Exámenes

71. ¿Realizaba algún tipo de examen el profesor? ¿Con qué frecuencia lo hacía y de qué tipo eran? 72. ¿Se concedía alguna responsabilidad al alumnado, estaban representados en algún órgano del centro y qué canales de participación se les ofrecía? 73. ¿Qué sistema de calificación existía?  74. ¿Era necesario aprobar para pasar al curso siguiente?  75. ¿Qué importancia se le daba a los exámenes? ¿La nota influía en su puesto en la clase?

 

No recuerdo haber realizado ningún tipo de examen durante la escolarización primaria. Solo a alguna prueba oral como la del catecismo. Tampoco existían cursos. Los alumnos eran agrupados más por nivel de conocimientos que por la edad. El nivel (secciones) quedaba al buen criterio del docente que nos conocía perfectamente ya que era el mismo para todas las materias durante varios años. En el cuaderno de ejercicios, las diferentes actividades escritas solían ser corregidas y calificadas con las notas convencionales. Bien, notable, etc. pero nada más.

Cuando la maestra consideraba que ya nos sabíamos de memoria el volumen de la enciclopedia con las diferentes materias, comprábamos el grado siguiente (preparatorio, elemental, superior) y así sucesivamente. Recuerdo que le dábamos tantos repasos al cabo del año a la misma lección (cuando terminábamos el libro volvíamos al principio otra vez) que las recordaba de memoria de una vez para otra y ya no necesitaba estudiarla.

13. Última

76. Otros recuerdos, relatos, memorias… 

 

Solamente añadir que pese a los aspectos negativos a los que he aludido, recuerdo aquella época con cariño y agrado. No sé si es que el cerebro elimina los recuerdos más desagradables y se aferra a los instantes más dichosos para sobrevivir. Siempre asistí a clase con agrado y valoro lo que supuso la escuela para el desarrollo posterior de mi vida. También estoy agradecido con los profesores, padres y otras personas que se preocuparon por mi educación con los medios y métodos que entonces se consideraban adecuados, aunque para la mentalidad actual estén tan censurados. No guardo rencor a nadie, al contrario, únicamente siento un profundo agradecimiento a todos cuantos se preocuparon por conseguir la mejor versión de mí, pese a mis numerosas carencias y a las carestías de la época.

En mi memoria predominan los buenos recuerdos sobre los malos. Y considero que aquella época de mi vida fue muy satisfactoria y feliz. Lo que más recuerdo son los juegos eternos con los amigos al salir de la escuela y en días de fiestas y a los que ya he aludido. Siempre fuera de casa, al aire libre, incansables; gritando, riendo corriendo, persiguiéndonos, saltando. En un pueblo lleno de niños. Los juegos nos lo inventábamos nosotros, y como apenas teníamos juguetes, nos lo fabricábamos nosotros mismos con cualquier cosa que teníamos a mano. Pienso que ello contribuyó a desarrollar nuestra imaginación y a que creyéramos en los sueños. El escenario de aquella función maravillosa era el pueblo y sus alrededores. El medio en el que tuvo lugar esa experiencia vital irrepetible, esa vivencia mágica que fue la infancia. No se puede ser más feliz con tan poco.

Juan José Becerra Ladera

El Capitán Trueno

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