Intro

Cuentan las crónicas que por estos pagos anduvieron como Pedro por su casa: iberos y celtas, tartésicos y lusitanos, romanos y cartagineses, alanos y vándalos, bárbaros del norte y sarracenos del sur… y en fín, cristianos de Léon y de Castilla. Diversidad de pueblos que, llegados en sucesivas oleadas con los cuatro vientos dejarían su huella en la lengua; pero lo que condicionaría en mayor medida nuestra forma actual de hablar, después de la romanización, sería los avatares de la reconquista.

Sobre todo, la consecuente tarea repobladora emprendida por la corona leonesa tras el lento avance de sus huestes hacia el sur. Al principio aprovechando contingentes de mozárabes —hispanorromanos y visigodos— que llegaban del Al-Ándulus mesetario, y después con colonos procedentes de la zona norte del reino. Por otra parte, a los mudéjares —musulmanes que no huyeron con la reconquista— se les dejó en los campos para que atendieran los cultivos y el ganado como siervos. Con la unión definitiva de Castilla y León, el viejo dialecto de los repobladores y conquistadores se batió en retirada ante el empuje de la norma castellana en la Extremadura leonesa, donde ya van aflorando elementos meridionales, en franca expansión a causa del influjo posterior de Sevilla. Sin soslayar la abundante aportación portuguesa por razones de vecindad con el consiguiente trasiego de población por diversas causas.

Estos son, a grandes rasgos, los ejes históricos-geográficos que configurarán nuestra personalidad lingüística. Así pues, nuestra lengua es la castellana, que ya había incorporado numerosos términos árabes; pero aquello que hace que la sintamos, ya internamente como diferente, peculiar y entrañable, ya por presiones internas (clase alta, emigración, escuela, medios de comunicación) como “mal castellano” o “no hablar fino” es lo que permanece de origen occidental (leonés y portugués) especialmente en el léxico de profundo carácter arcaizante y tradicionalista, de meridional o andaluz sobre todo en la fonética, de fuerte tendencia innovadora y revolucionaria, junto con algún rastro (léxico, fonético y morfo-sintáctico) propio del castellano antiguo.

Rasgos todos ellos que, finalmente mezclados y abonados con el sedimento indígena y aclimatados en un medio rural algo reacio a las modas y cambios idiomáticos, dieron lugar a expresiones que conservan el sencillo encanto y el perfume natural de la flor silvestre, que pula y medra en el monte, tan ajena a cortesanas florituras literarias como libre de agobiantes corsés académicos.

Y es que el habla, en su forma concreta, es inseparable del género de vida de la comunidad. Alguien lo dijo con mejores palabras: “La lengua es el espejo sobre el que se proyecta la vida entera de un pueblo, desde su visión e interpretación del mundo hasta la realización material de un objeto”. De aquí que nuestra gente, desde siempre dedicada a las faenas del campo o al cuidado de los animales en permanente contacto con la naturaleza, haya dejado su huella profundamente marcada en el medio que viene utilizando para comunicarse: De la misma forma que esa circunstancia ha configurado la estructura del pueblo, desde el barranco a la cuadra y desde el zaguán al doblao.

En consecuencia, lo primero que salta a la vista al indagar las peculiaridades del acervo léxico local son las numerosas palabras de raíz campesina que, como aparejar, enjalmo, enrabarse, espantón, forraje, jerga, mataúra, pasera, piara…, además de utilizarse con su significado real en aquellas situaciones que les son propias, han colonizado por asociación de ideas el habla coloquial con otras connotaciones, hasta el punto que algunas de ellas, olvidado o en desuso el referente que designaban, han seguido vigentes con un significado figurado. Fenómeno que es más claro todavía en expresiones y frases hechas: “A buen sitio has ido a poner la era”, “vas a dejar a la mejor mula sin manta”, o “eres más flojo que la paja (de a)vena”, entre otras.

Muchas de estas palabras —angüejo, repión, alfayate, cucharro, liso ‘eslizón’, neras, recumbearse…— son auténticas piezas de museo. En ellas no es raro observar algunas mellas y remiendos producidos por el uso de tantos años y hablantes, pero en las que aún palpita la vida, a pesar de que las modas y la cultura de masas vayan arrinconando poco a poco en algún oscuro repliegue de nuestro cerebro, de nuestra conciencia colectiva.

Pequeñas joyas que encierran en sus entrañas todo un tratado de psicología y una lección de historia (de la historia sin sobresaltos de cada día y de la llana psicología del hombre cabal, que suele llamar “al pan, pan; y al vino, vino” . Y a las “acitunas machás”, “acitunas machás”) si unos se acerca a ellas sin prejuicios no complejos. Y sobre todo, a falta de conocimientos y erudición necesarios, con emoción y mucho cariño. Con el mismo cariño y emoción con que uno desempolvaría el caballito de cartón de su infancia, los costalinos de lo güesos o las alforjinas de los tosantos, el aro o el repión; y también la cantaera, el candil, las estrébedes, las rastras, la criba, la cuartilla, la teta y el deíl… arrumbados, en el mejor de los casos, en el cobertizo de los cacharros inservibles sin que nadie mueva un dedo por recuperarlos y conservarlos. Pero esta es otra historia.

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